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miércoles, 4 de febrero de 2009

Intimidad Compartida


por Sergio Gutiérrez


Sábanas compartidas con historias indebidas

espejos opacos de tantas mentiras

el agua caliente que no encuentras en tu ducha

voces vecinas pero desconocidas


refugio de deseos incompletos

de tertulias pasajeras

tan nuestro cómo del mundotan propio y tan de nadie


la habitación sin dirección

calvario de los que esperan en casa

pesadilla de los que sueñan despiertos

escape de las cuentas y cuentos


fundador de sonrisas enajenadas

embarrador de labial al cuerpo

testigo de palabras atrevidas

de sueños rotos, de pasiones prohibidas


muladar del amor,

conquistador de misterios,

ferviente pasión incontrolada

inevitable razón acobardada


la luz se enciende permitiendo la entrada

al mundo donde el rostro se pinta de dinero,

los nombres se callan de miedo

y los gemidos hacen eco sin voz


toallas que no hablan pero sí miran

pantallas que solo ofertan frías caricias

menús pervertidos que incitan malicia

refrigeradores llenos copas y bebidas


privacidad comprada por tiempo limitado

austeridad de risas galardonadas

culpas entre sábanas ajadas

saliendo de madrugada, viendo por el espejo


perdiendo la mirada.

martes, 3 de febrero de 2009

Tiempo Eterno


por Sergio Gutiérrez

Despierta mi día con la mirada perdida
ausente de risas, carente de sueños
moldeando figuras en el aire que bordean tus manos
colmando de anciedad el sabor amargo de mi boca

saliste temprano en la mañana,
dejando un gélido amanecer en mis pies
ensordeciendo la casa de silencio
opacando la luz con la falta de tu voz

converso tendido con mi alma somnolienta
y auguro tempestades de turbulenta soledad
invoco tu tacto desde mis entrañas
y recorro la habitación en busca de tu rastro

¿A dónde fueron las caricias a mi espalda?
corrieron a otro cuerpo, con otro nombre, con otra piel
¿Quién convertirá en brillo las lágrimas en mis ojos?
será ahora la esperanza de encontrarte otra vez

proclamo al olvido como amigo
despilfarrando mis besos a donde voy
pregonando destinos inciertos
valorando los perros, las casas, las calles

maquillo gestos de serenidad
sobre mi ojeras desveladas de tanto esperar
insinúo un paso firme, lento, letargo
con el ama coja de tanto caminar

muere el día y nace la noche
y así, la agonía de tu olor hace su efecto
escondido bajo la almohada,
proveniente de tu sostén olvidado

vivo, día a día; camino paso, a paso
te extraño beso a beso; boca a boca
duermo con cuanta compañera lo permita
pero tu nombre alimenta mi llanto

¿¡Hasta cuando!? ¿¡Hasta cuando!?

Una espera que termina


por Sergio Gutiérrez

El brillo de tus ojos señaló el camino abandonado
el color de tu voz se enseñoreó del pasto y las veredas
mi garganta seca mencionó tu nombre nuevamente
y mis manos distraídas se sumergieron en tu cuerpo

he vuelto a verte después de tantas lágrimas secas
contemplé de nuevo tu rostro acariciando mis mejías
sonreí desbordado de tu escencia, completando mi alegría
y susurré a tu oído que eres el amor de mi vida

compruebo a diario el candor que produces en mi alma
el placer de encontrarte desnuda al amanecer
el beso matinal que saborean mis mañanas
tus pasos descalzos zigzagueando por la sala

tu sonrisa sobre el hombro provocando que te siga
tu pelo alimentando mi mirada perdida
tus besos puntuales, tus caricias precisas
he recuperado tu olor, después de perderlo por la ventana

he vuelto a tu vida y has sido tú quién me volvió a la vida
contagiando cada recoveco que necesita de tí
cada palabra que moría por estar en tu voz
cada minuto que se desangraba por tu ausencia

quédate hasta que amanezca, quedate dos vidas más
te invito a volar léjos del pasado, de nosotros
te invito a la vieja cabaña que construiremos mañana,
quiero tomarte de la mano, quiero amarrarte en un abrazo

el tiempo dictó el fúnebre discurso del olvido
pero mi amor aguardó cobijado a la sombra de tu recuerdo
pregoné al tiempo: que sólo me vencería la muerte
o que volvería a verte y escribiría versos.

sábado, 31 de enero de 2009

El poeta


por Sergio Gutiérrez

Esclavo de sus letras, camina libre el poeta. Balanceándose entre lo real y lo absurdo, jugando con nuestra imaginación, volviéndose adicto a la imagen de nuestros labios murmurando sus escritos.
Fundador de quimeras y utopías, de verdades y mentiras, de blasfemias y doctrinas. Rebelde de sí mismo, negándose a la auto complacencia, convidándonos a formar parte de su mundo etéreo, casi palpable, imperfecto. Pregonando caricias al viento, moldeando figuras difusas montadas sobre escenarios reales.
Sus escritos son elixir de agonías sutiles, que desencadenan misterios perpetuos como fugaces, clavijas imaginarias de la guitarra que todos tocamos a diario; pero él muere en el intento de comprender más allá de su simple arpegio, de su hueca moldura, de sus tantos recovecos. Dicta encrucijadas que alimentan su desvelo y sueña despierto aún cuando sigue durmiendo.
Recorre las veredas de los campos muertos y las tilda de oportunidades olvidadas por aquellos desganados de vivir; aquellos usurpadores de deseos, los que ríen con una lágrima naciendo de su alma. Compadece los amores tiritantes de frío que se desvanecen por la falta de calor, ese calor primaveral que solo se siente cuando la lluvia arrecia por la llegada de las ansias, esas que dan ganas de todo y de nada, la conformidad que busca adormecer los amaneceres sedientos de compañía, la misma que diseño las camas individuales, la misma que atormenta el recorrido de las venas hacia el corazón que desea algo más que latir.
Sus musas son tan variadas como puntuales, provienen de sus ganas de vivir en ellas, de morir por ellas; sus musas pesan más que su propio cuerpo, pero las lleva con orgullo y pasión. Las observa deleitándose en su complejidad, esa complejidad que el mundo reconoce como trivialidad. De sus musas se desprenden fragancias cándidas que revolotean en su nariz y se vuelven espejos destellantes que surcan su imaginación.
Orador del alimento del alma, de las palabras que cruzan fronteras, de argumentos que convergen en las ideas que todos creímos y nadie mencionó. Aliado de las promesas inquebrantables que algún día él mismo rompió, las promesas que ahora defiende con honor, las que le verán morir de tanto dolor, al verlas empolvadas y en sus paredes telas de araña porque nadie nunca escuchó.
Bebe el sabor amargo de su hiel para comprender así el cínico beso del saber, el conocimiento de saberse ignorante en un mundo de conocimientos audaces, vivos, controversiales y delirantes. Reconociendo con su mirada al suelo que nadie pretende más allá que respirar, vivir para sí, dejar huellas de reconocimiento para que su nombre se mencione aún después de la muerte, y tener la convicción de no saberse olvidado.
¿Hay más después de ser poeta? Probablemente se esconde un mundo simplista y fugaz, que no se atreve a mirar para atrás, que dictamina su suerte según las piedras que ruedan en el camino hasta su destino. Pero, ¿hay más algo más después de ser poeta?, es muy difícil de descifrar porque seguramente quienes lo lograron se estancaron a propósito en las cuencas de sus ojos, para no ver lo que la gente ve: los pasillos vacíos, los mares salados, el propósito de las guerras, los llantos mudos que nos condenan a vivir con un nudo en la garganta y no permiten gritar.
El poeta vivirá siempre de lo básico, no necesita más para encontrar todos los colores con los que se pinta la felicidad, esa que viene en trozos pequeños y que nos es difícil identificar. Le valdrá la pena la espera de coincidir con un par de versos, cuando en una voz desconocida se dibujen las líneas que su menté trazó y sus manos dieron forma.
Valdrá la pena cuando alguien sonría y vuele con las alas que el poeta proporcione, aún cuando sean provisionales, aún cuando sean de papel. Volará el lector a donde el poeta le indiqué. Sentirá la brisa jugando con su rostro, se estremecerá con la piel erizada y sus ojos querrán ver más. Su paladar degustará todo lo que en su escrito se mencioné y sus pulmones se ensancharán al disfrutar de un buen suspiro.
Entonces, el poeta sonreirá y emprenderá su vuelo hacia otras miradas; aquellas que quieran descansar de las cuentas, de las noticias, del velo que cubre la pupila y no permite llorar.

Sergio Gutiérrez